Un hombre miraba a su hija en la grada. Se llevó una mano a la cara, tapándose la boca, mientras los ojos se les llenaban de lágrimas. Lo habían hecho: Australia eliminaba a la todopoderosa Francia para colarse, por primera vez en su historia, en las semifinales del Mundial. En su casa, delante de su gente, como anfitriona de la cita. No tiene precio, debía pensar el aficionado mientras su hija celebraba como nunca el triunfo. Durante un mes el balcón ha sido el epicentro de un país que no tiene el fútbol como el deporte rey. Ahora, eso ha cambiado para siempre. Las Matildas, haciendo honor a su nombre, lo han vuelto a hacer.

Diez penaltis por bando. Una tanda agónica, probablemente la más épica en la historia de los Mundiales hasta ahora, erigió a Australia como semifinalista en el Mundial. Sam Kerr no podía creerlo mientras corría hacia sus compañeras. El camino, especialmente para ella, ha sido durísimo. La referente y capitana de Las Matildas se lesionó horas antes del partido que daba el pistoletazo de salida a la cita. El nombre propio del Mundial para los locales estaba fuera y, sin ella, Australia perdía a su faro, su referente en ataque. Ella, sin embargo, desde el banquillo, ha sido clave para la gesta histórica que ha podido disfrutar sobre el césped.

La historia de las Matildas está marcada por la resiliencia como, de hecho, ya indica su propio nombre. “Waltzing Matilda” es una canción popular del folclore australiano. Para muchos, es una suerte de segundo himno nacional. La letra de la canción describe a un personaje mitológico australiano, el “swagman”, un hombre que camina el país con lo puesto en busca de conseguir un trabajo y que desafía a los ricachones del lugar. Tras morir ahogado en un río después ser perseguido por la policía por comerse una oveja, se dice que, en las frías noches australianas, se oye el susurro del vagabundo cantando “Waltzing, Matilda…” (traducido en 'bailando con Matilda' o 'viajando con lo puesto')

Al igual que aquel pobre hombre que decidió lanzarse a las frías aguas del lago, las futbolistas de la selección femenina australiana son un símbolo de resistencia en su país. Si ya de por sí el fútbol femenino ha sido ignorado en la mayor parte del planeta, las australianas tuvieron que abrirse paso entre la popularidad de la que goza el rugby en su nación.

Sam Kerr durante el partido contra Francia. EFE

Han cambiado la historia

Con este Mundial, Australia le ha hecho un hueco al fútbol femenino. Que las de Tony Gustavsson hayan llegado a semifinales eliminando a una gran potencia en el fútbol como Francia es un ejemplo más del poder de esta selección. El técnico, que se miraba desde la banda la tanda de penaltis decisiva, les pedía a sus futbolistas que hicieran historia. Con una mirada de esperanza era un espectador más de lo que estaba a punto de suceder. Cuando Wine reventó el balón, tras 10 tiros por cada equipo, sentenciando la eliminatoria, la euforia explotó en todo el país. En el estadio volaban las bufandas, retumbaban los gritos y se regalaban los abrazos.

Los bomberos rurales ofrecían desfibriladores ante tanta emoción desatada. Así lo comunicaban a través de su cuenta de Twitter. La euforia era total de un país que ha vivido de primer mano un cambio de época.