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‘1984’, la distopía de referencia que nunca muere

George Orwell, en 1943 ante un micrófono de la BBC. Archivo

Solo 227 días vivió George Orwell después de la publicación de 1984, el 8 de junio de 1949. Fueron días suficientes para que tuviera un atisbo de la clase de repercusión que iba a tener su libro -no solo literaria, también política y social-, pero fue solo eso, un atisbo: considerando la larga vida que ha tenido la novela del autor británico, 227 días se antojan poca cosa, y eso que aún vivió para comprobar cómo los primeros lectores la comparaban, entre otras cosas, «con un terremoto, un fardo de dinamita o la etiqueta de una botella de veneno», según explica Dorian Lynskey en la recién publicada El Ministerio de la Verdad (Capitán Swing). La denuncia del totalitarismo mediante la puesta en escena de una sociedad donde la ciudadanía es objeto de control absoluto conectaba con miedos ancestrales que el nazismo, el estalinismo y la Segunda Guerra Mundial habían devuelto a un primer plano, pero si hubiera sido solo eso, la obra de Orwell no seguiría presente, por decirlo así, en el aire que respiramos. Hay mucho más.

Lynskey, periodista del diario británico The Guardian, ha escrito una biografía que se antoja definitiva sobre la gran novela de Orwell. En ella destripa el proceso de creación de la obra, la sitúa en su contexto histórico y analiza la proyección que ha tenido hasta nuestros días. Sobre su origen, el libro no deja lugar a dudas: fue en España, durante la Guerra Civil, donde brotó el germen de la distopía por antonomasia. «Si asumimos que 1984 y Rebelión en la granja son sátiras contra el totalitarismo, es imposible obviar que el encuentro directo de Orwell con el totalitarismo ocurrió en España», explica Lynskey. «De vuelta a Barcelona tras ser herido en el frente se encontró con la retaguardia descompuesta y un Estado prácticamente semipolicial, con los comunistas de inspiración soviética persiguiendo a los otros grupos de izquierda. Fue un gran shock para él. Era como si Stalin hubiera exportado sus purgas a Barcelona. Lo asumió como una gran traición, esa guerra civil dentro de la guerra civil».

Fue en 1943 cuando Orwell decidió que escribiría esa novela que en un primer momento bautizó The last man in Europe (título, por cierto, de la novela publicada en 2017 por el australiano Dennis Glover en la que recrea los últimos días de Orwell así como la escritura de 1984). The last man in Europe, más tarde 1984, fue objeto por tanto de un largo proceso de gestación, un prolongado cultivo cuyas huellas se pueden rastrear en la producción literaria del escritor previa al momento propiamente dicho en que se sentó a dar forma a la obra. «Me sorprendió comprobar cuánto de 1984 Orwell ya había escrito en sus piezas periodísticas, en sus ensayos, en reseñas de libros, de películas, en sus cartas, en las entradas de su diario. Me di cuenta de todo el tiempo que había estado pensando en ello. Años de pensar en política y lenguaje e ideología así como en la naturaleza humana fue, en mi opinión, lo que dio lugar a un libro tan gozoso de leer».

Los críticos más avezados entendieron inmediatamente el mensaje de 1984: el germen del totalitarismo está en todas partes, existe en nosotros igual que en los otros. Ese era el propósito del escritor británico, pero no todos lo entendieron así: era fácil ceder a la tentación política y usar el libro como arma arrojadiza, un día de nosotros contra los otros y al otro día viceversa, como sucedió desde el principio. También era fácil no leerlo y hacer comentarios de oídas. Lynskey escribe que «era un libro que tocaba con fuerza la sensibilidad política de los lectores y ponía de manifiesto sus prejuicios», justo antes de recordar que Pravda, el diario oficial del Partido Comunista soviético, llegó a decir que era un «libro indecente» escrito «por órdenes de Wall Street». «Es inevitable -dice el autor- que un libro que se volvió tan colosalmente popular fuera malentendido por algunos. No puedes llegar a tanta gente sin ser malinterpretado».

El Ministerio de la Verdad cuenta la fiebre que se desató, sobre todo en el mundo anglosajón, en 1983, la víspera de 1984, o en 1984, una fiebre que llevó a que ese año y el siguiente la obra vendiera casi cuatro millones de ejemplares en 62 idiomas. Fueron años de excesos en torno a la novela, de tal número e intensidad que el popular periodista británico Paul Johnson probablemente atinó al escribir que esos excesos se habían convertido «en sí mismos en una especie de pesadilla orwelliana». Hoy casi nadie se acuerda, pero en enero de 1984 Apple lanzó su primer Macintosh, el 128K; habida cuenta de lo significativo del año, la empresa de Steve Jobs no desaprovechó la oportunidad de hacer una orwelliana campaña de expectativa. «El 24 de enero, Apple Computer presentará el Macintosh, y entonces verás por qué 1984 no será como 1984», recitaba una voz en off sobre una escena claramente alusiva a la novela.

Siempre relevante

El de 1983 no fue el único año en que las ventas de 1984 experimentaron un súbito y brutal aumento. Es algo que depara esta novela. Ocurrió, por ejemplo, tras las revelaciones de Edward Snowden acerca de la vigilancia y el control de las comunicaciones por parte del Gobierno estadounidense, en 2013 (las ventas aumentaron un 7.000% en Amazon), o cuando, tras la posesión de Donald Trump, mientras se ponía en entredicho la afirmación del presidente de que había sido la ceremonia «más vista de la historia», su consejera Kellyanne Conway salió a decir que el Gobierno manejaba «datos alternativos». Una periodista estableció el paralelismo con Orwell y las ventas del libro se dispararon un 10.000% en EEUU. Y así, periódicamente, 1984 registra picos de ventas que básicamente hablan de la sociedad en la que vivimos.

«Orwell siempre ha sido relevante», dice Lynskey. «Siempre ha vendido bien, siempre ha resultado interesante para la gente, siempre ha parecido que habla sobre el presente, y eso ocurre porque no solo es un libro sobre totalitarismo, es sobre política, sobre información, sobre vigilancia… Pero parece particularmente relevante ahora porque vivimos en una convergencia particular, esta convergencia de escepticismo sobre internet y las nuevas tecnologías y el auge de gobiernos que no son realmente totalitarios, pero que avanzan o intentan avanzar en esa dirección». Al fin y al cabo, la distopía, convendrían muchos, es el presente.

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