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Diario de Mallorca

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MÚSICA

Manolo García: "Justicia social para todos, no solo para los de abajo; también para los de arriba: viviremos mejor todos"

El que fuera vocalista de 'El Último de la Fila' presenta este jueves en la Región su octavo álbum de estudio en solitario

Manolo García.

Dicen que el mundo es para los audaces, y Manolo García lleva prácticamente toda su vida siendo audaz. Alumbró su anterior disco, 'Geometría del rayo', en 2018, y ha regresado lanzando un doble álbum (su octavo en solitario tras la disolución de El Último de la Fila), integrado por 'Mi vida en Marte', de sonido pop-rock, y 'Desatinos desplumados', donde los protagonistas son la guitarra española y el requiebro flamenco. En junio iniciaba una extensa gira por grandes recintos de todo el territorio nacional que cerrará en el Wizink Center madrileño el 20 de diciembre, pero antes, este jueves, estará actuando en la Plaza de Toros de la capital del Segura, en el marco del Murcia On

En su momento, relevaste a Rosalía y C Tangana del número uno de la lista española con tu doble disco. Buena noticia, ¿no?

Bueno, yo no estoy en una competición deportiva. Las listas de venta tienen su pulso normal: unos desbancan a otros y, a su vez, éstos son desbancados por los siguientes. Es la ley de la industria de la música. Es una anécdota, simplemente; eso ni merece ni desmerece a nadie.

Son dos discos diferentes. ¿Cómo has desembocado en esta -digámoslo así- incontinencia creativa?

Como todo el mundo, estuve algunos meses confinado y apartado del mundo por la pandemia; tiempo que aproveché para escribir. Y luego, una vez había pasado el momento de estar todos encerrados en casa, seguí trabajando, como es normal en mí. Para mí, la tarea de componer es algo que llevo puesto, es inherente a mis días. Necesito componer, escribir, pintar..., eso me da vitalidad. Así que ha sido un proceso largo -de dos años y pico- y al final acumulé una cantidad importante de canciones: cerca de cuarenta. Y elegí las que me parecieron más oportunas, simplemente. Además, ahora que se lleva lo de sacar una sola canción y en redes (y, depués otra, y otra, y otra…), esta enorme colección de temas me permitía volver a un concepto un poco antiguo pero que me gusta mucho: el de un artista que, durante unos meses de su vida -un año, dos, el tiempo que fuese-, iba haciendo acopio de emoción, de posibilidades sonoras, experimentos, textos, y luego lo publicaba en forma de disco doble. Yo aprendí de los Clash y del The River (1980) de Bruce Springsteen. Eran otros tiempos... 

Efectivamente, eso de ‘disco doble’ suena al London calling (The Clash, 1979), al Blonde on blonde (Bob Dylan, 1966)… En todo caso, eso ahora mismo es ir a contracorriente.

Yo soy un nadador a contracorriente desde siempre, desde que empecé en el mundo de la música. Sigo con las mismas ganas de desgranar sentimientos en canciones, de buscar ese ‘algo’ emocionante que tiene la vida (si es que la vida tiene algún sentido, que es un tema que todos en un momento u otro ponemos en duda...). Lo que sí tiene sentido para mí es la emoción de los días, el instante. Y eso es lo que yo hago: llenar instantes con canciones.

Por cierto, eso de Mi vida en Marte suena muy a Bowie. Él decía de Life on Mars que era la reacción sensible de una niña a los medios de comunicación. ¿Tiene alguna relación con esto?

Hombre, todo lo que hemos escuchado, leído o visto son aportes, nutrientes emocionales para la obra del creador. De esos tiempos -hablamos de los setenta-, hay una cantidad fantástica de creadores que nos han marcado a todos, y no solo a la gente de mi generación (también a los más jóvenes): Bowie, Queen, Eagles... Y yo no soy la excepción, claro. Estoy impregnado de todos estos artistas. Al final, somos eso, lo que hemos escuchado.

¿Y te encuentras en una situación parecida a lo que decía Bowie a propósito del título?

Bueno, soy sensible a la gestión que los humanos, como especie, estamos haciendo del planeta: a lo mal que nos organizamos, a que haya carencias, injusticia social... Y a veces sí que te dan ganas de irte a Marte o a una isla desierta. Pero, en este caso, es más bien una pequeña reacción satírica o broma ante una noticia que decía que ya estamos proyectando allí colonias. Me pareció bastante cómico el asunto: no saber gestionar con decencia nuestro planeta y ya estar pensando en ir a otros. ¿A otros?, ¿a qué? ¿A estropearlos también?

Eso también te permite de alguna manera jugar con otro punto de vista, desde Marte. ¿Cómo se ve desde ahí este país, este planeta, entre guerras como la de Ucrania, el cambio climático…?

Yo creo que si algún ser racional nos está viendo, o si nos observa algún dios o los diferentes dioses de las diferentes religiones -yo respeto todas las religiones y a las personas creyentes-, deberían actuar urgentemente. Deberían amansarnos, apaciguarnos y arbitrar nuestro partido, porque el partido está cada vez más violento, las gradas se están amotinando, los jugadores cada vez juegan peor… Yo creo que los seres celestiales deberían tener compasión de nosotros y organizarnos y repartir la comida, para que no se la lleven solo unos pocos, y que la paz llegue a este planeta.

¿Cómo te has planteado estos dos álbumes? Has tenido tiempo para hacer nuevas canciones, pero tuviste que grabar un disco en condiciones telemáticas, con la banda tocando en los Estados Unidos y tú en España. ¿Qué tal se lleva ese tipo de grabaciones?

Son más frías, no tienen nada que ver con la manera tradicional de grabar. Cuando estás cara a cara hay tiempo para el café, para la charla, comentar posibles cambios, escuchar la canción, reflexionar... Creo que el resultado, haciéndolo de esta manera, es mucho más auténtico, mucho más intenso.

Te habrás resarcido con el otro disco: guitarra española, nuevas canciones, y grabando, esta vez sí, en vivo con los músicos.

Sí. Además es un disco que compuse en relativo poco tiempo, y con mucha alegría. Fui avanzando las canciones en su escritura y en su composición musical paralelamente, con lo que ha sido un viaje muy bonito y muy intenso. Porque a veces intentas hacer una canción y estás dos semanas y nada más que vas dando traspiés, pero, en este caso, todo fluía. Lo he disfrutado mucho. El otro también, pero digamos que ha ido cocinándose muy poquito a poco: corrigiendo, caminando adelante, parando, retrocediendo a veces... En este segundo no; este ha sido inmediato, visceral, y, por primera vez, las guitarras españolas me han dado pie a cantar un poquito como yo empecé a cantar en la época de ‘El Último’; digamos que he vuelto a ese camino.

A lo Lole y Manuel.

Bueno, hablas de un dúo de artistas magistral, inmenso, cósmico..., algo fuera de serie. La voz de Lole, para mí, es de lo más maravilloso de este mundo, y la guitarra de Manuel, evidentemente, también son sensacionales. Pero esas letras bellísimas, su poesía lorquiana, su amor por su tierra..., eso es algo que llevas pegado a la piel. Yo, a mi modo, con un cierto atrevimiento y con todos los respetos, he buscado cantar también un poquito más allá, mirando hacia el sur. Evidentemente, yo soy catalán, pero ahí tenemos también a un Kiko Veneno que es un autor enorme y que tiene ese pellizco, esa gracia. Es cuestión de echarle alegría, y a poco que tengas una posibilidad mínima en tu garganta, disfrutarla. Es lo que he hecho en ese segundo disco.

Se nota, lo transmites. Por cierto, debes ser de los artistas que más preservan su intimidad; de hecho, creo que sigues siendo reacio a Internet y a los smartphones. ¿Te sientes de otro tiempo, de otro lugar, alejado de las estridencias de las grandes estrellas?

Yo nunca me he considerado estrella; me he considerado un obrero de la música, un músico. Y esa ‘sencillez’ o ‘normalidad’ no es una pose. Alguien puede pensar que es una forma de marketing, pero yo solo intento ser natural, no hacer cosas que no me apetezcan, y hacer lo que me apetece siempre que sea respetando a los demás. Mi idea siempre ha sido hacer música y dar conciertos cuando pueda; ese es mi norte, no hay mucha más historia.

En esta gira supongo que parecerán nuevas esas sensaciones de volver a tocar delante de la gente, después de lo que hemos pasado.

Sí. Se nota una mayor apetencia, una intensidad mayor en el público que acude. Hay más ganas porque han sido muchos meses de angustia, de incertidumbre. Claro, a la que se han abierto las compuertas, todo el mundo ha salido en estampida a la luz, al sol, a la vida. Parece que los músicos toquen con más ganas y la gente aplauda con más ganas. Es natural, es comprensible, y es de agradecer también.

¿Eras de los que pensaban que saldríamos mejores de esta pandemia? ¿Crees en el optimismo antropológico?

No. Si te soy sincero, nunca pensé: "Una vez acabe todo esto, va a llegar un tiempo de reflexión, quizá de frenar un poquito, de buscar todos una vía mejor para la convivencia". Yo no pensaba eso. Pensaba en que la esencia humana es como es, y en que está en nuestras manos cambiar el sesgo de los acontecimientos y el futuro inmediato; cambiarlo y dirigirlo hacia un lugar mejor, hacia un planeta (el nuestro) más habitable, donde se pueda convivir en paz. La cuestión es si se podrá o no. Hay que ponerse ya a ello, es urgente. Si lees Historia, sabes que el mundo está hecha a base de apretar tuercas: de unos apretándole las tuercas a otros. En este siglo XXI de la era cristiana debería estar ya claro, después de tantos imperios convertidos en humo y arena, que hay que buscar el bien común. Si conseguimos el bien común, habrá un futuro común; si no, es un futuro más dudoso. Este para mí es el gran reto de este tiempo.

¿Te sientes desengañado de la política?

En general, sí. En el momento en que las cosas fuesen de un modo aceptable, el desengaño sería menor. Pero, ahora mismo, que ves que se nos van las fuerzas en guerras de taifas, partidistas, en cuestiones de corruptelas y en todo tipo de desaguisados, sientes que como ciudadano solo sirves para pagar, para estar al borde de la multa, de la amenaza, del estrechamiento de la cadena... Y mientras, ellos tampoco responden con demasiada honestidad… Vivimos en una democracia un tanto confusa, y en muchos sentidos engañosa, con trampa, como en un juego de trileros.

Un juego de trileros donde el encarecimiento de la energía está provocando una inflación desorbitada. ¿Hay que plantearse el decrecimiento, el fin del derroche?

La economía no puede crecer indefinidamente. Igual que un árbol no puede crecer indefinidamente: lo que tiene que hacer es echar raíz y fortalecerse. Si sigue creciendo y creciendo, al final se troncha, se quiebra. Las famosas crisis no las provoca el ciudadano, las provocan las altas finanzas. El ciudadano, todo el que puede, se levanta cada mañana para trabajar, pagamos impuestos, cumplimos con nuestra obligación y amamos a nuestro país; hasta estamos dispuestos a defenderlo. Pero a cambio se tiene que hacer que el collar no apriete. Si el collar aprieta nos ahogamos, y si nos ahogamos, nos asfixiamos y no podemos hacer nada, no podemos ser útiles para la sociedad. La sociedad tiene que realimentar sus posibilidades. Si se necesitan 5.000 médicos más, tiene que haber 5.000 médicos más. Más políticos no hacen falta; parece que médicos, enfermeros, hacen falta miles. Son datos que salen por televisión. 

El tema de las cuestiones básicas, energías, etc. Si no hay energía para mover un país, ¿cómo se mueve el país, cómo trabaja? Al final es todo muy sencillo: la avaricia rompe el saco. Si aprietan demasiado, el país se quiebra, y un país quebrado no sirve para nada. Además, ya en el tiempo en el que estamos no es correcto hablar de ‘país’, sino de ‘mundo’. Vivimos en un planeta global donde dependemos todos de todos, donde los estamentos generales que están en las cumbres de poder deberían pensar que lo realmente importante es lo humanitario, no la prebenda de unas élites. Las élites pueden vivir como quieran, lo mejor del mundo para ellos, pero las capas bajas no pueden ser tan bajas; si no, la pirámide se está aplatanando. No sé, no soy sociólogo ni politólogo, pero sí que entiendo que es importante la justicia social para todos; y no solo para los de abajo, para los de arriba, también: viviremos mejor todos, más tranquilos.

¿Qué es lo más difícil de mantenerse tanto tiempo en el panorama musical? ¿Cómo se conserva la ilusión? ¿Piensas que la edad es una convención social?

Si tú tienes ánimo, curiosidad, energía y salud, lo demás da igual. Yo he conocido personas que han pasado los 90 con brillo en los ojos, que iban cada día con la carretilla a su huerto a recoger pimientos y tomates. Depende de la energía de cada uno. Claro que es un poco triste cuadricular la vida, y el calendario ponerlo como algo tan importante como para que marque nuestro estado de ánimo: «Yo ya soy viejo, ya lo he visto todo, yo ya, con lo que me queda…»; eso es lamentable. Lo bonito es las ganas de ayudar de los demás, de estar ahí en una ilusión hasta el último aliento, hasta el último instante desempeñando las tareas que sean, pero siempre con energía, con ganas. Pero nuestra sociedad nos cuadricula, nos pone en unos compartimentos estancos: «Tú eres viejo, tú eres joven, tú eres un madurito interesante, tú…». Yo soy un ser humano que puede tener más o menos ganas de tirar adelante, de sonreír, de ayudar, de aportar algo a los demás dentro de mis conocimientos, de mi cultura, de mis posibilidades... Eso para mí es el truco de las cosas. Si realmente, como músico, tengo ganas de hacer discos, ¿qué más da? ¡Coño, es que Mick Jagger tiene setenta y no sé cuántos y sigue! ¡Y Bob Dylan, y Van Morrison! Pues claro, ¿por qué no? Si dan alegrías. Si llegan a una ciudad, ofrecen un concierto y miles de personas gozan de ese concierto, ¿qué más da que tengan 22 u 82? Los músicos de blues que tocan con ochenta y tantos, con noventa, para mí son un ejemplo: hasta el último aliento, seguir aportando algo a los demás.

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