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Diario de Mallorca

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Escritor
Entrevista

Fernando Schwartz: «No aprovecho las memorias para destruir el buen nombre de nadie, pero mis páginas ponen a algunos en su merecido lugar»

Fernando Schwartz, fotografiado esta semana en el Club Náutico de Palma. B. Ramon

Fernando Schwartz (Ginebra, 1937), escritor de más de 22 libros, en este relato de su vida cuenta aquella vez que acabó con Morgan Freeman en un tablao flamenco, viaja por los cinco continentes, cambia de trabajo más de una vez, se enamora, monta en moto y llega hasta Vietnam y Bora Bora. Es testigo de la transición y de las debilidades de los líderes. Esquía en sitios remotos, navega, establece amistades con personalidades como Felipe González y Margaret Thatcher, Salman Rushdie y Mario Vargas Llosa, los Coen, Lou Reed y Joaquín Sabina, Jean Reno y Sara Baras, el Dalai Lama y el rey Juan Carlos, Jodie Foster y Umberto Eco, Shirley Maclaine y Sara Montiel, Frances MacDormand y Penélope Cruz, hasta con Iñaki Urdangarin. Con todos establece una relación que solo puede forjar él.

¿Ha tenido una vida con suerte?

He tenido la vida que me ha colocado delante el azar, unas veces buena, otras un poco menos. Pero nunca maldije mi mala suerte.

¿Qué le hace a una persona decidir que es el momento de escribir sus memorias?

Básicamente, la edad. Se trataba de cerrar el ciclo vital completo. Ea, ya está y a otra cosa. Lo malo es que, en mi caso, no hay otra cosa. Decidí que mis memorias eran el colofón de mi vida. ¿Por qué no? Y cuando tuve en mis manos el primer ejemplar de Una vida con suerte, comprendí que la retirada no era posible, se me acababa de ocurrir una nueva historia. Y en eso estoy.

¿Por qué piensa que puede ser de interés para el lector? ¿Por la suma de experiencias?

No tengo la más remota idea. Supongo que, habiendo hecho muchas cosas muy variadas, a algún lector le divertirán, ¿no? Tengo lo que usted llama una buena suma de experiencias a un lado y a otro de mi espectro. Y me ha salido una mezcla de una pizca de pijerío y otra de rojerío.

¿Es su intención servir de inspiración?

¿Inspiración yo? ¡Vamos! Es cierto que algunas de mis novelas han servido de ayuda, de guía para los lectores. ¿Pero mis memorias? Son intransferibles.

¿Son las memorias espacios dedicados al ego o lo trascienden?

Si usted lee estos recuerdos, comprobará que hay bastante poco ego en ellos. Nunca me consideré importante, por Dios. Porque nunca me tomé en serio.

¿Qué hechos más destacados nos cuenta en el libro?

He hecho muchísimas cosas, más que la media. Corrí delante de los grises, viajé, trabajé en medio mundo, me enamoré infinidad de veces, abandoné una prometedora (prometedora, regular, puesto que cuando la dejé, Aznar estaba a punto de mandarme a las quimbambas) carrera diplomática para escribir en un periódico, hice televisión, escribí sin parar (22 libros en 52 años, uno cada dos), me subí a una moto (soy el único embajador que ha tomado posesión de su cargo llegando en motocicleta), y navegué por el Mediterráneo.

¿Aprovecha para darle a alguien en el cogote?

Soy bastante benevolente con la gente que me rodeó y no aprovecho las memorias para destruir el buen nombre de nadie, pero es cierto que mis páginas ponen a algunos en su merecido lugar.

¿Cuáles son los personajes más emblemáticos?

Muchos, muchos, pero no por mérito mío sino por estar en el lugar adecuado en el momento preciso. ¡Huy! Y allí estaba Margaret Thatcher…

¿Hay historia de amor? ¿Son sus memorias susceptibles de ser catalogadas como novela?

¿Cómo podría concebirse una vida larga como la mía sin historias de amor? A cada paso. Y no, no es una novela: no invento personajes o situaciones o angustias, que es lo que alimenta un relato…

¿Es el trabajo de embajador el más tedioso que ha tenido?

No. A veces es lento, a veces aburrido y a veces terriblemente excitante. Y muchas veces, sin el más mínimo contacto con lo que llaman ‘la Superioridad’, así, con mayúsculas. Cuanto más lejos, peor el trato.

¿Descubre el backstage de la diplomacia y la política?

Era inevitable contarlo porque no es tan glamuroso como se supone, sino mucho más rastrero, más pedestre de lo que la gente cree. En ocasiones es más importante la croqueta del cóctel en la embajada que la larga negociación en los despachos. Y en cuanto a la política, es apasionante y peligrosa, por las cuchilladas, las ambiciones, las pequeñas traiciones y los juegos del poder. Siempre estuve en los márgenes, afortunadamente. Así lo cuento.

¿Fue su paso por ‘El País’ su momento de mayor satisfacción profesional? ¿Era mejor vehículo que la televisión para influir en la opinión pública?

Desde luego. Siempre digo que entrar en El País fue sentirme como en casa, en mi ideología, entre mi gente. Y eso que me recibieron como a un bicho raro. ¿Un embajador que deja todas las prebendas para meterse a plumilla en un periódico? Bicho raro, sí. La televisión fue estupenda y muy divertida. Por supuesto que influía en la opinión pública más desde el plató que desde los editoriales sesudos. Parecía más frívolo, pero no.

¿La figura pública más interesante que ha conocido?

Tendría que hacer una lista bien larga, pero siempre la encabezaría Nelson Mandela. ¿Interesante? Bueno, Adolfo Suárez y Felipe González, el rey Juan Carlos y la Thatcher, el loco Mobutu que me inspiró una novela, Anthony Hopkins y Jodie Foster. Y, claro, el Dalai Lama.

¿Es usted monárquico?

Sí.

¿Cuál es su visión de lo que esta pasando en Europa, en Ucrania…?

Europa es ahora un lugar complicado, difícil de ensamblar, lleno de nacionalismos absurdos y de soberanismos estériles. Después de milenios de historia común, un poco de generosidad de parte de los líderes, un poco de visión para comprender el apasionamiento proeuropeo de la mayoría de la gente, no solo nos vendría bien, ayudaría a pacificar un continente ahíto de rencillas y guerras. Una Europa llena de libertad y de hermandad. Pues no señor. Nos tenemos que conformar con Putin.

Pregunta loca, ¿qué partido cree que ganará las próximas elecciones?

No tengo ni idea. Nadie lo sabe. Yo diría que el PSOE, pero no sé.

Para finalizar, ¿por qué vive en Mallorca? 

Eso es fácil de contestar: después de toda una vida dando tumbos, encontré en Mallorca una tierra donde plantar raíces. Aquí al menos, soy un foraster con certificado de permanencia.

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