Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Con ciencia | Tortugas

Hoy no voy a hablar de ciencia en esta columna. Voy a hablar de vida. La bien insólita que les queda por delante a 22 tortugas marinas —o tortugas bobas— de la especie Caretta caretta que salieron de los huevos puestos por su madre un año atrás en las arenas de Cala Pilar, en el norte de Menorca y han sido liberadas cerca de allí, en La Vall, esta semana. Es todo un acontecimiento el que las tortugas aniden en una playa plagada de turistas; el año pasado lo hicieron en la ya mencionada Cala Pilar y en Punta Prima pero esta temporada, pese a que los expertos de la conselleria de Medio Ambiente y Territorio del Govern balear han mantenido una vigilancia continua, no se ha producido nada más que una posible puesta en Formentera. Como el ciclo de reproducción de las tortugas bobas es de dos años, tal vez el que viene sea diferente.

Las tortugas marinas se extienden por los mares cálidos de todo el mundo y, en el Mediterráneo al menos, se consideran una especie vulnerable por distintas razones: la contaminación de los plásticos que ensucian las aguas, la falta de entornos tranquilos donde alimentarse, la caída accidental en las artes de pesca y las dificultades para poder depositar sus huevos en una playa que no rebose de bañistas. Creo que es una leyenda urbana la que atribuye las plagas de medusas a la escasez de las tortugas porque, que yo sepa, comen sobre todo animales mucho más pequeños entre los que se encuentran los insectos que terminan ahogados en la mar. Pero qué duda cabe acerca de que la desaparición creciente de las tortugas marinas desequilibra el ecosistema de las aguas costeras. De ahí que la noticia de la suelta de los ejemplares con un año de edad y dos kilos de peso de Cala Pilar, unidos a los 47 procedentes de Punta Prim que fueron liberados hace dos meses, suponga una alegría comprensible. Por una vez, la injerencia humana no supone una traba mortal. Las tortugas fueron recogidas justo al salir del huevo y atendidas en centros especializados como el de Andratx; de tal suerte, la cifra de supervivencia ha sido portentosa —solo cinco murieron— sobre todo si tenemos en cuenta que, en condiciones naturales, muy pocas de ellas habrían seguido vivas al año de la eclosión.

La alegría es, sin embargo, engañosa. Las tortugas deberían poder sobrevivir por sí mismas sin necesidad de nuestra ayuda pero, de forma paradójica, somos nosotros su mayor amenaza. Los humanos superamos el año pasado la cifra de 7.500 millones de personas. No he encontrado ningún estudio que indique cuál es el número de las tortugas marinas pero sí que se aprecia que, en la última década, pueden haber perdido la mitad de su población. Una cosa lleva a la otra así que queda más que claro que hablar de ciencia es hablar también de vida. De la que destruimos los humanos al volvernos multitud hasta en las playas.

Compartir el artículo

stats