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Crítica de cine | Un delirio ‘made in’ DC

Margot Robbie. | WARNER BROS

No es exactamente un reboot ni una continuación -aunque tiene un poco de las dos cosas- en relación con un filme aún reciente en la memoria. El título confunde un poco más: aquel, de 2016, se llamaba Escuadrón suicida; este se titula El escuadrón suicida, solo un artículo para diferenciarlos y ningún complemento tipo Los Vengadores y Vengadores: La era de Ultrón, por poner un caso en la escudería rival.

El DC extended universe sigue dando bandazos sin encontrar su equivalente al expandido universo cinematográfico Marvel. En esta segunda entrega del supergrupo de villanos reclutado para realizar misiones especiales ya no aparecen ni Deadshot ni Joker, y este, ya se sabe, siempre aporta una ración extra de interés. Sigue en su línea histriónica y sicótica la Harley Quinn interpretada por Margot Robbie. Vuelve a dirigir la operación una mujer sin escrúpulos, Amanda Waller, y a la nómina de villanos convertidos en toscos héroes se suman Bloodsport, Ratcacher -cuyo poder consiste en controlar a las ratas, lo que da pie a una de las escenas más dantescas del filme- y nada menos que un tiburón antropomórfico que habla con la voz de Sylvester Stallone.

Superhéroes bizarros

Hay una diferencia notable entre una y otra película. Esta la dirige James Gunn, a quien le gusta lidiar con superhéroes bien bizarros: suyos son los Guardianes de la galaxia, donde también abundan animales e incluso plantas parlantes. Gunn tiene habilidad para dislocarlo todo y llevarlo al puro delirio y la pura parodia. Esa es la única ventaja del escuadrón suicida sobre el mismo escuadrón sin artículo delante.

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