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Souvenirs | Recuerdos en cueros

Souvenirs | Recuerdos en cueros

Souvenirs | Recuerdos en cueros

El amigo que regala una torre Eiffel, un Golden Gate o una pirámide faraónica en miniatura estresa al beneficiario. Aparentemente, es sencillo desprenderse de la horterada. Basta tirarla a la basura o meterla en un rincón invisible de la casa. ¿Cuál es el problema? Cada vez que el donante visita nuestra casa hay que acordarse de situarlo en un lugar visible. ¿Pepe me regaló la Gran Muralla China o Santa Sofía? ¿Lluís es el del león de peluche de Kenia o el del Puente de Londres? ¿Toni me trajo la momia de Lenin o la de Tutankamon? ¿La camiseta con el ‘I love NY’ que diseñó Milton Glaser me la regaló Lucía o Marga?

La situación empeora si te regalan un objeto personal. Por ejemplo, una cartera de cuero grabada con un alguna alusión a Mallorca. Existen. Si el agraciado, beneficiario, receptor decide usarla para pasear los veinte euros de sueldo que le quedan el día veinte del mes, se arriesga a ser objeto de burla de los inocentes del delito de lesa horterada. Desde el camarero al compañero de oficina. En cambio, si hay que desenfundar la pasta ante la tía, sobrina o cuñada que donó con entusiasmo el regalo y no llevamos la cartera escogida entre un millón de opciones, habrá que responder a un interrogatorio más duro que los de la CIA en Guantánamo. ¿No te gustó? ¿Ya la has perdido? ¿Te la han robado?

Si no entienden el problema es que aún no han visto las carteras de piel repujada con motivos mallorquines que se venden en internet como objetos de coleccionismo. El monedero en el que han grabado la silueta de la isla con el castillo de Bellver en el interior resulta insuperable. No falta detalle. La torre del homenaje, las aspilleras, los torreones. Y también están los campos de almendros. Y el escudo de Mallorca, o algo parecido, en una de las esquinas. Y las flores de lis. ¿Flores de lis? ¿Qué diablos pintan las flores de lis?

Sin embargo, resulta más comprometido verse obligado a sacar del bolsillo el otro ejemplar. Una pareja bailando –¿boleros, jotas?– en un paisaje mallorquín con el mar de fondo, el cielo, el campo y el inevitable molino de aspecto más manchego que mallorquín. La pareja con gipó y guardapits negros, con falta roja y pantalones a l’ample azules. Los dos bailarines deben estar en primer curso de ball de bot por correspondencia porque la postura manifiesta algunas deficiencias de estilo. Serían rechazados en cualquiera de las agrupaciones que conservan y promueven las danzas tradicionales de la isla.

Sirve de consuelo que ejemplares similares de carteras, fundas para libros o cerilleros con reproducciones del monasterio de El Escorial, el árbol de Gernika con la casa de juntas al fondo o la catedral de Santiago de Compostela no mejoran la comparación con la oferta mallorquina.

Si alguien se ha encontrado en la necesidad de utilizar la cartera de cuero repujado que le regalaron a la vuelta de un viaje, piense que sería mucho peor si le hubieran traído unos zuecos holandeses. ¿Se imagina si el viajero obsequiador le insta a utilizarlos porque son «muy cómodos y así no te ensucias los zapatos cuando llueve»? No es comparable a sacar la cartera, aunque lo cierto es que la única opción razonable es regalárselos a un enemigo. Un puñal turco no mejora las opciones de darle un destino razonable. ¿Cometer un crimen con él?, ¿untar la sobrasada sobre el llonguet?, ¿convertirse en lanzador de cuchillos? Sinceramente, es más útil una navaja suiza de ocho usos. O incluso, si no queda otra solución, la cartera de cuero repujado con la pareja que baila.

El museo sigue incrementado sus fondos. Con el monedero hasta los topes, cabe la opción de renovar el equipamiento de la cocina. Por increíble que parezca, cualquiera puede pasarse por una tienda de souvenirs para adquirir tazas, azucareros, tenedorcillos para los caracoles, salvamanteles, saleros, pimenteros, delantales o posavasos. Los incrédulos quedarán convencidos en el próximo episodio de este museo digital y en papel del souvenir.

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