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Diario de Mallorca

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Thomas Mann en Mallorca

El tema del estafador, de la vida aventurera del ‘caballero de industria’, así como la presencia del incesto, real o aparente, entran de lleno en las preocupaciones de Villalonga, y como sabemos, del mismo Thomas Mann, cuya influencia, irradiada sobre el escritor mallorquín, aquí está fuera de duda

Thomas Mann

En su novela Las tentaciones (publicada en 1937 con el título Madame Dillon), perteneciente al ciclo de Bearn, Llorenç Villalonga nos adentra en el mundo inmediatamente posterior a su escandalosa Muerte de una Dama. El pequeño y provinciano microcosmos mallorquín continúa con su existencia somnolienta, en medio de la apatía general. El de la ciudad sigue siendo un mundo de grandes nombres, pero envejecidos y venidos a menos; refractario frente a la llegada de extranjeros, turistas, y algunos intelectuales portadores de movimientos artísticos que resultan raros e incomprensibles para la buena sociedad. Mientras tanto, el campo permanece impermeable a tales flujos y corrientes. La masa campesina aún se sorprende al ver los primeros automóviles recorrer sus caminos ancestrales.

Alternado entre esos dos mundos, el de la ciudad y del campo, se desarrolla la historia de amor entre Alicia Dillon, bella y adinerada mujer madura, con Xim Puigdesaura, joven emparentado con la casa de Bearn. Un amor desigual, en el que Alicia encarna la sabiduría, la madurez, la decepción del mundo, y en definitiva, el cansancio de la civilización; mientras que Xim representa por su lozanía, y pese a su parentesco con la casi extinta casa de Bearn, el tema de la belleza inconsciente, sin moral ni ética, solo pura fuerza natural eternamente renovada, prolongación del paisaje rural de la isla, parte de sus montañas y de sus pinadas.

Siendo Las Tentaciones obra intelectualizada y madura, no por ello el autor abandona el tono sarcástico, para zaherir entre otros a la hipócrita Matilde Llovet, deseosa y temerosa a la vez de conocer a la colonia de extranjeros, y a quien su poca cabeza la lleva a situaciones enojosas, por razones variadas, como hospedar a visitantes ilustres para compartir los destellos de su gloria. A veces estas visitas deseadas se cancelaban o resultaban sencillamente algo inesperado y grotesco. Fue así con el caso hilarante que supuso la aparición nada menos que de Thomas Mann en la isla de Mallorca, acompañado de una dudosa hermana. Sin embargo, para desolación de la buena señora Llovet, aquellos no eran los respetables representantes de una gran familia de intelectuales y artistas, sino una pareja de amantes que habían usurpado tan ilustre apellido. El tema del estafador, de la vida aventurera del ‘caballero de industria’, así como la presencia del incesto, real o aparente, entran de lleno en las preocupaciones de Villalonga, y como sabemos, del mismo Thomas Mann, cuya influencia, irradiada sobre el escritor mallorquín, aquí está fuera de duda.

De él escribió Villalonga, en un artículo publicado el año 1934, que con La Montaña Mágica su autor había alcanzado la cumbre de nuestro tiempo. Villalonga, hombre de letras y psiquiatra, emparentado con un mundo que envejece y es sustituido por una generación más boyante, hace frecuentes alusiones cargadas de sentido psicológico a la mitología y al espíritu de la tragedia, al incesto, al poder de las pulsaciones primordiales tan abiertamente relacionadas con el mundo del psicoanálisis, de Freud, pero también de Nietzsche y Schopenhauer. Estos elementos están claramente aludidos en el conjunto de la obra de Villalonga, y conforman un universo de referencias que encontramos asimismo en la trayectoria de Thomas Mann. Las vidas literarias de ambos autores estuvieron marcadas por el mito de Fausto, a quien Mann dedicó una de sus grandes novelas y bajo cuyo signo colocó Villalonga toda la primera parte de su magna obra Bearn o la sala de las muñecas.

Desgraciadamente, no parece que Thomas Mann hiciera ninguna estancia mallorquina con fines románticos, pues lo más estrechamente que estuvo de conocer España fue solo indirectamente a través de su hermano Heinrich y de su hijo Golo cuando en 1940 estos, en compañía de Franz Werfel y Alma Mahler, huyeron del fascismo cruzando los Pirineos hasta la localidad gerundense de Port Bou.

Queda al menos la ironía, prueba superior de civilización, de cultura y de refinamiento, capaz de paliar el amargo sabor que dejan los esfuerzos inútiles, a la postre irrisorios, por seguir envejeciendo en un mundo que nos desagrada y con el que ya no concordamos.

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