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Diario de Mallorca

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REFLEXIONES

El viejo mundo que se cae a pedazos

Meditaciones intemporales o intempestivas de un confeso antimoderno: El derecho a disentir, de Mauricio Wiesenthal

El viejo mundo que se cae a pedazos

Hace unos domingos, terminaba Manuel Vicent su columna semanal con las palabras que dan título a estas líneas. En efecto, todos los mundos –todas las civilizaciones, si se quiere– acaban por envejecer y caer en pedazos. Algunos de sus protagonistas y de sus observadores mueren maldiciendo los tiempos nuevos que solo traen ruina y modernuras vacuas; otros aplauden fervorosos cualquier novedad sustituta y zahieren un pasado que consideran felizmente caduco y obsoleto; aquellos se reciclan; los de más allá abominan o guardan silencio; los de acullá se empapan de nostalgia o repudio. A Mauricio Wiesenthal (Barcelona, 1943) no le gusta un pelo lo que ve hoy y bebe los vientos por los tiempos de su mundo que se fueron ya. Lo hace con absoluto desplante, sin reparo en que se lo considere viejuno, deplorando con firmeza a fascistas y a comunistas y a liberales buenistas y a modernos antieuropeos, presumiendo, imaginando, recordando, cotilleando, entreteniendo siempre, se esté o no de acuerdo con él. Escritor, profesor, conferenciante, sabio de inútiles saberes (o sea, de los más útiles) son muy aconsejables las memorias que va desgranando en su Libro de Réquiems, en El esnobismo de las golondrinas, en Siguiendo mi camino, en la multitud de anécdotas de Orient-Express. Y en este El derecho a disentir, recién salido. Si su maestro Stephan Zweig nos contó cómo se caía en pedazos la vieja sociedad de entreguerras (en El mundo de ayer), Wiesenthal da fe del derrumbe de esa Europa que vino después, la que se quería más libre y segura y culta.

Por decirlo pronto, el libro es un repaso a todo –con tono de despedida vital– en casi 50 breves capítulos. En ellos se entremezclan biografía, viajes, nombres, ciudades, los libros alimenticios que escribió bajo seudónimo, su doctrina o ideología (prepárense para el capítulo titulado El mundo aburrido), el alpinismo, los lugares clave, Weimar o Goethe, la agonía de la cultura, camellos [sic] o naranjas [sic, también]. Son, pues, unas “meditaciones intemporales o intempestivas”, de un confeso antimoderno que no reconoce otra patria que el idioma español.

Wiesenthal se define a sí mismo como “un judío sin violín, un alemán exiliado, un humanista europeo y un español que vio ponerse el sol no solo en el Finisterre de su patria, sino también sobre su época”. Añora y aplaude la educación recibida, cuando “antes de darnos a conocer los estilos y los órdenes de la arquitectura, nos llevaban a los hornos, a las fábricas de chocolate, a las fundiciones, a ver cómo trabajaban las linotipias en las imprentas…”, lo cual creaba “una disciplina que permitía formar el carácter y el gusto” que, en su caso, resume en las páginas 134 y 136. Parece un señorito, pero proclama: “Nunca he sido rico ni viví en un mundo tutelado”, aunque su prosa se tiñe de esos conmovedores “una tarde, le oí decir a Coco Chanel…” y decires semejantes. Para los coleccionistas, hay multitud de aforismos y definiciones al modo Wiesenthal: “El secreto de la elegancia es pensar como un judío y vestir como un inglés”; “Cada vez hay menos personajes y más gente”; “Se escribe como se come, y de pie se come igual que se escribe: mal y pronto”; los bidés son “costureros con patas”… o al modo Molière (“Nada hay, por inocente que sea, contra lo que no atenten los hombres”) o Faulkner (“Los que no saben hablar del orgullo, del honor, del dolor, son escritores sin trascendencia”). Un autor que se identifica con el Julio Camba que abandona, con las siguientes palabras, el restaurante inglés donde no sirven vivo en las cenas: “Ceno muchas noches sin vino. Pero, aunque fuese abstemio, no me gustaría cenar entre gente que impone sus ideas como una religión excluyente”.

Wiesenthal forma contra un orden nuevo –el que hoy parece caminar a la memez infantil y al desatino censor y políticamente correcto– donde “un periodista disparatado le pide a un general –bregado en cien combatesque exponga su criterio sobre la eutanasia o sobre las aplicaciones higiénicas del caucho”. Pero forma en las filas de quienes saben que siempre ha sido así: “Siempre igual: unos cantan en la toldilla mirando a las estrellas, y otros remamos, mientras cuatro borrachos llevan la caña de la barca”. ¿Qué hacer entonces? Muy sencillo, he aquí la confesión y cierre: “He vivido en una época que practica todas las tácticas del acoso y del miedo. He conocido por experiencia propia lo que hacen los fascistas, los comunistas y los nacionalistas cuando condenan a un disidente a su ‘conspiración del silencio’. Y precisamente por eso debemos morir hablando, para demostrar que no nos han vencido”. Hablando de cultura, de lo bello y sublime, del orgullo, del honor, del dolor y de la alegría. Como este libro.

El viejo mundo que  se cae a pedazos

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