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La mirada de Lúculo

El tiempo precipitado de Katherine

El tiempo precipitado de Katherine Pablo García

Los amigos escritores siempre han tenido que navegar por el terreno complicado de uno que alcanza la cima mientras el otro es víctima de la incomprensión literaria. Katherine Mansfield y Virginia Woolf disfrutaron de una amistad debilitada en parte por un resentimiento subyacente que nadie ha sabido explicarse ni explicar con exactitud. Cuando la pareja se conoció, en 1916, Woolf era autora de una sola novela hasta la fecha, mientras que, a pesar de ser seis años más joven, Mansfield se había labrado ya un nombre. Dejando a un lado unos supuestos celos latentes, Woolf pronto se acercaría a Mansfield con una propuesta profesional que llevaría a profundizar en la relación personal. Pese a que eran dos personalidades distintas que provenían de mundos diferentes, el colonial neozelandés de Mansfield y el ambiente cerrado londinense de Woolf, la química entre ellas funcionó de manera sorprendente.

En la primavera de 1917, Woolf y su esposo habían puesto en marcha Hogarth Press. Como admiradora de la escritura de su amiga, la convenció para que asumiera el primer encargo de la editorial. Durante un verano londinense lluvioso, Woolf dedicó sus tardes a trabajar en la publicación de Preludio, que llegaría a formar parte de la segunda colección de historias de Mansfield, configurando laboriosamente los tipos de escritura, colocando personalmente todas y cada una de las letras en el tablero de composición. Más tarde, dobló, grapó y pegó hoja tras hoja de las palabras de su amiga, encuadernándolas dentro de unas cubiertas azul persa. Cuanto más se sumergía en componer la historia, más apego fraternal sentía hacia su autora. Después, una vez publicada, se encargaría de defender el relato ante las críticas de los propios amigos que lo consideraban algo plano y carente de emociones. En los pocos años que se mantuvo la amistad, la autora de «Las olas» visitó a Mansfield mientras estaba en casa convaleciente, le llevaba flores a Hampstead Heath, mermeladas y panes recién horneados. Luego, por indicaciones médicas, la escritora de Wellington dejó Londres para recluirse en la Riviera, entonces se cortó la comunicación con el consiguiente disgusto de Woolf, que vivió angustiada pensando en que se habría podido romper entre ellas.

Mansfield no tuvo demasiado tiempo para escribir, murió joven dejando un ramillete de narraciones admirables y algunas como las primeras publicadas, En un balneario alemán, de las que se avergonzaba y que ella misma jamás hubiera querido que viesen de nuevo la luz, aunque su aprovechado marido, John Middleton Murry, se empeñase una vez desaparecida en llevarle la contraria. En cuanto a sus cuadernos diarios o anotaciones, su deseo era que tras su muerte prematura se publicasen tan poco como fuera posible y se destruyeran tanto como fuese viable. Cuando algunos de sus papeles privados aparecieron impresos, la autora angloirlandesa Sylvia Lynd utilizó un símil de la cocina para decir que Murry estaba hirviendo los huesos de Katherine para hacer sopa. Era, a su vez, una comparación que Mansfield, poseedora de una gran devoción culinaria, hubiera comprendido desde el primer instante. El mismo cariño por la cocina que Woolf, que sentía especial predilección por el boeuf en daube, esos pedazos de carne que salían de la olla después de haberse cocinado lentamente con el vino y el laurel.

Los miembros del grupo Bloomsbury eran entusiastas de los platos sencillos y adictos a los vinos de Côtes de Provence, los sabores embriagadores de la cocina francesa del Sur, equiparable a su afición por la pintura inspirada en este paisaje. No sabían gran cosa sobre la gastronomía, pero sus sirvientes eran enviados con frecuencia a cursos de cocina y procuraban mantenerse al día en las nuevas corrientes de la culinaria francesa. En Londres, el lugar donde vivían en círculos y amaban en triángulos, como escribió Dorothy Parker, cuando salían de sus casas era para cenar en sitios como Boulestin, el legendario restaurante, templo del oeuf en gelee, ese óvalo brillante de gelatina que la cuchara socava para desatar un río cremoso de yema. El francés Xavier Marcel Boulestin, su dueño, uno de esos creadores de tendencias que marcan época, llegó a formar parte del círculo social de Woolf y se estrenó en casa de la escritora con su primer trabajo de catering. Boulestin, que abrió en la década de los veinte del siglo pasado en el Covent Garden, llegó a ser conocido como uno de los lugares para cenar más caros y lujosos, decorado con murales de artistas franceses y telas de Raoul Dufy. Fue descrito por Cecil Beaton como «el restaurante más bonito de Londres».

Katherine Mansfield también frecuentó la amistad del empresario, escritor y cocinero de Poitiers desde que aterrizó en Londres y emprendió sus primeros pasos en el interiorismo. Ahora, la editorial Eterna Cadencia ha publicado con ilustraciones los cuadernos de notas de la escritora neozelandesa que no son los diarios trampeados estilísticamente por su marido, sino una trenza algo desordenada de sus cosas, generalmente de todo lo que apuntaba, notas sobre amigos, correspondencia, reseñas sobre autores, lista de la compra, apuntes de jardinería, agenda con los compromisos cotidianos adquiridos y un pequeño recetario particular. Se titula «Sopa de ciruela» y hace referencia a esa forma de comer caprichosa, informal y también condicionada por el racionamiento de aquellos años, que caracterizaron parece ser a la autora del libro. En su primera colección de cuentos, de la que repito nunca se sintió especialmente orgullosa hay páginas y páginas dedicadas a la glotonería, pero el tono es satírico y existe una distancia entre Mansfield y el tema que le ocupa. En las obras posteriores, más maduras, la comida comienza a aparecer en momentos en que los personajes negocian su propia libertad personal y su compromiso con el mundo. Abundan los bocadillos al aire libre y los atracones fuera de las normas prescritas del comedor. Tengamos en cuenta que los bocadillos estaban todavía comenzando a cobrar importancia a principios del siglo XX, un tiempo en el que el «fast food» empezaba también a estar disponible de manera algo tímida en el Reino Unido. Katherine Mansfield lo vivió todo de forma bastante precipitada.

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