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Oblicuidad

Brad Pitt le pega a un muñeco robot, y duele

Bullet Train, el último vehículo de Brad Pitt, efectúa un recuento pormenorizado de los asesinatos que alberga. La precisión contable llega al punto de que un mínimo desfase entre 16 o 17 muertes violentas propicia un intenso debate de los asesinos, resuelto mediante la revisión en pantalla de las ejecuciones pertinentes (son 17). El protagonista se somete incluso a una desagradable pelea física sin reglas contra una mujer. El derroche de tiroteos y sangre atrajo a millones de espectadores en todo el mundo, durante su estreno del pasado fin de semana.

La ultraviolencia de Bullet Train se digiere con la ligereza impuesta por Tarantino en Pulp Fiction, hasta el punto de que puede hablarse de una parodia por hipérbole, incluidas las inyecciones. Por lo menos, hasta el momento en que la huida de Brad Pitt por los pasillos del tren bala se ve entorpecida por un muñeco gigantesco al que adjudicamos cualidades robóticas, dado que la acción transcurre entre Tokio y Kioto. El protagonista le arrea un golpe al ser inhumano, un puñetazo que nos duele física y metafísicamente. Matar a una docena de sicarios es una operación de limpieza, maltratar a un humanoide resulta injustificable. Hasta ahí podíamos llegar.

Quién no ha arrojado con fuerza un móvil contra la pared, por citar otro artefacto con más inteligencia que un ser humano. O le ha propinado una patada al frigorífico, tras comprobar que no contiene cubitos de hielo. Por tanto, el diferencial insoportable procede de la vulgar imitación de una silueta humana obesa, la antropomorfización de la máquina. El espectador sometido a una sobredosis de violencia no puede evitar un rictus ante el aspecto bonachón del muñeco robotizado, como si Brad Pitt hubiera agredido a un niño o a un anciano. A propósito, la violencia de Bullet Train opera sin distinciones por edad, no aparece un solo personaje en pantalla que quede indemne de una soberana paliza.

Brad Pitt le ha cogido el gusto a darse tortazos en público, véase su sátira de Bruce Lee en Érase una vez en Hollywood. En Bullet Train se guarda de no matar directamente a nadie, delega el trabajo sucio en su gafe o karma. La película demuestra que el secreto para la convivencia del ser humano con la máquina consiste en disfrazar a los robots malvados de inocentes criaturas. Además, el muñeco agredido no se venga del actor. Al contrario, su mullida anatomía servirá literalmente de salvavidas, dicho sea sin violar el contenido de la zapatiesta.

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