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La mirada de Lúculo | Un acuerdo ventajoso que no lo fue tanto

El tratado de Methuen reforzó la alianza anglo-lusa en 1703 y trajo posteriormente el fraude en los excepcionales vinos de Oporto

Un acuerdo ventajoso que no lo fue tanto

Oporto es una ciudad de vivos contrastes. En cuestión de horas transita de las tupidas neblinas que la envuelven y la hacen acreedora de ese título ganado a pulso de «Londres portugués» a la deslumbrante luz que de repente se refleja sobre el Douro. Desde la Sé Catedral parece una maqueta desorganizada, como si las reglas más elementales de la geometría hubieran sido despreciadas categóricamente. Apetece emprender el vuelo, levantar los pies del granito y sobrevolar la caótica composición que ha dejado ese grande y sabio arquitecto que es el tiempo transcurrido.

Hemos circunvalado Vila Nova da Gaia hasta llegar al Wine of World (WOW), el nuevo y ambicioso complejo que encarna el espíritu emprendedor de la ciudad. Fuerte inversión, diseño, siete museos vinculados a distintas experiencias, doce restaurantes diversos y un espacio selecto de tiendas que seguramente crecerá. Hay que tener en cuenta que el WOW el proyecto que se asienta en el barrio de las viejas bodegas, al lado de Taylor’s y del Yeatman y que depende de ese capital, fue inaugurado en medio de la pandemia se cumple ahora poco más de un año. Gracias a la inmensa vista panorámica que ofrece el World of Wine, observo el puente Don Luis I, el perfil escalonado de los tejados, y la ciudad que desde la otra orilla parece querer zambullirse en el río. En el primer plano posan los rabelos formando parte de la postal más turística.

Hace por lo menos medio siglo que las embarcaciones, características por sus velas cuadrangulares y los largos timones en forma de rabo que les dieron el nombre, dejaron de ser útiles. Primero, debido al ferrocarril. Más tarde, a los camiones cisterna que se encargaron de transportar los toneles de vino a las bodegas, reemplazando al tráfico por el río. El oporto, uno de los vinos más extraordinarios que existen, inició su singladura en 1703 con el tratado de Methuen, el acuerdo comercial firmado en Lisboa que contribuyó a reforzar la tradicional alianza anglolusa. Lo negoció John Methuen, perteneciente a una familia que tenía amplios vínculos en el comercio británico de los tejidos, con la ayuda de su hijo Paul. Se llamó el «Tratado dos Panos e Vinhos». Gracias a ese acuerdo comercial familiar elevado al rango de documento notable en la historia de la diplomacia, las barricas portuguesas que entraban en Inglaterra pagaban apenas dos tercios de la tasa de los burdeos y los borgoña. Dadas las ventajas del mercado, los ingleses aprendieron a beber y a apreciar aquel vino mecido por el mar. Inicialmente, acostumbrados a los claretes bordeleses, debieron de asombrarse por el color oscuro y cargado de taninos, pero finalmente decidieron adoptarlo como si hubiese surgido de unas cepas a orillas del Támesis.

Un acuerdo ventajoso que no lo fue tanto

Un acuerdo ventajoso que no lo fue tanto

La alta demanda trajo consigo la trampa, y el fraude se extendió. El vino parecía cada vez más turbio por motivo de las bayas de saúco que se le añadían, hasta el punto de considerarse algo común. Al mismo tiempo que la demanda, el precio subió en las tabernas y en 1757 llegó a haber hasta un levantamiento popular en Oporto en protesta por el encarecimiento. La Real CompahniaVelha das Vinhas de Alto Douro, que habían formado un año antes labradores y también comerciantes de la ciudad, tuvo que encargarse de supervisar la producción y la calidad del líquido que iba a parar a las barricas. El primer vintage apareció en el catálogo de Christie’s en 1768.

Los vintage, junto con los LBV (Late Bottled Vintage), son los únicos vinos tintos de Oporto que incorporan la fecha de la cosecha en la botella y, por tanto, los más fiables. La diferencia que existe entre el vintage y su hermano menor el LBV es que el primero responde a mostos excepcionales, de primerísima calidad, cuando la vendimia es opulenta. Entonces ese vino adquiere el tono de lo sublime; hay que embotellarlo joven sin filtrar y ni siquiera pasar por el tonel. No lo necesita, de la misma manera que sería un pecado mezclarlo con cualquier otro.

La media de añadas calificadas de excepcionales para producir vintage es, no obstante, de tres o cuatro por década. Se dice que un buen vintage puede estar diez, veinte, treinta y hasta cuarenta años reposando en la cava, durmiendo el sueño más dulce, porque noble es la dulzura que adquiere con la edad. Empieza siendo un vino de un color rojo intenso, luego atejado y acaba su vida con tonos tan oscuros como el chocolate. Siempre derramando lágrimas espesas en la copa. Como deja posos, la decantación es obligada y, a veces, por la edad es necesario decapitar la botella con unas pinzas especiales enrojecidas al fuego para aprovechar el contenido en las mejores condiciones.

El oporto, al igual que la ciudad que le da nombre, es un vino de meditaciones, encaja mejor que ningún otro con la soledad del bebedor, acompaña una lectura o una reflexión, en sorbos pausados, medidos por los dedos como los británicos a la hora de servirlo. Acompaña perfectamente el blue stilton, y, según los portugueses, a los que no les falta razón, también los quesos cremosos de la Serra da Estrela, parecidos a nuestras tortas del Casar. Conservo como un tesoro algunas botellas de la añada excepcional de 1985 de Fonseca y algunas otras de la casa Graham’s, de aquí a dos años su esplendor total. Con el tiempo he ido haciéndome con algunas más de Taylor’s, todos ellos robustos, opulentos, frutales y redondos. Incluso de la Quinta de Vargellas, en la que los muros de piedra fueron sustituyéndose por lomas de tierra rocosa. O procedentes de las vinhas ao alto de Ramos Pinto, de la Quinta de Ermavoira.

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